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- Crítica Literaria -


CONRAD, EL HORROR, EL HORROR

Saco el libro de mi biblioteca y no me gusta ver en su portada el cartel de Apocalypse now. Tan invasor es el cine. Y sin embargo es casi inevitable: las valkirias, Vietnam y toda la orquesta de napalm y guerra que tan alejada está de Marlow y lo que quería decir. Y sin embargo, me hace navegar con él río arriba, dejando varados los fotogramas en las orillas de mi mente. Al igual que con Cèline, viajo al fin de la noche, en la oscuridad de la piel de África. Si bien Conrad ha recibido negativas críticas por su obra, todas ellas están sesgadas por un velo social: se le tilda de machista y de racista, se le acusa de enaltecer el colonianismo (algunos otros piensan que lo critica)… sin embargo, una vez hecho el ejercicio de abstracción adecuado, lo que se comprueba es que Conrad escribió lo que vio, ya que El corazón de las tinieblas es una obra sumamente biográfica. Nadie le discute su alto valor literario. Su trama, delicadamente dividida en tres capítulos, es como un envoltorio de papel de regalo que rodea al personaje principal. Es la novela río, que discurre pacientemente adentrándose en lugares inexplorados, pero no por ello despoblados.

En la lectura aletea el fantasma de Kurtz, el mito. Personaje sin presencia. Persona ausente y persistente durante toda la narración. Mientras leo, o estoy esperando a verlo aparecer o ya se ha ido. El breve encuentro entre el narrador y el verdadero protagonista, rodeados de las llamas del Congo bajo la luz de las estrellas primigenias, deja casi un regusto amargo.

Su contraposición es la Naturaleza. El lugar presente. La realidad más inmediata, y sin embargo foránea, onírica. La Naturaleza como personaje se hace uno con los salvajes, a quienes protege e integra, y es antagonista de los extranjeros, que la pervierten y la roban. No olvidemos que sin la codicia empresarial (multinacional) del marfil en este caso, no habría historia.

La empresa, el hombre blanco como organización, está representado por los peregrinos, una simpática abstracción que engloba en una figura plural a una serie de personas que actúan sin personalidad. Son el resto de hombres del elenco, junto con su presidente. Forman un bloque, un único personaje a efectos narrativos. Tienen un sentir, una Winchester, un modus.

Es precisamente Kurtz (y el narrador, Marlow, que es la lente por donde el lector entra en el juego), quien es medio-hombre. Kurtz mitad natura mitad civilización. Es grande por entender ambas partes, por unirlas en su persona. Por eso es admirado por salvajes y negociantes. Por eso es temido por salvajes y negociantes. Kurtz une en sí mismo al personaje Naturaleza y al personaje Peregrino, aunque gracias a la maestría de Conrad no lo encontramos hasta el final de la obra, cuando ya es demasiado tarde para admirarlo. Está enfermo, está acabado. Conrad nos lo esconde, nos esquiva como lectores, nos distrae con humo y fuegos artificiales, y mientras tanto va engrosando su leyenda. Nos presenta previamente a los que le idolatran, nos cuenta su historia, nos vende su mito antes de conocerle.

Y después, es ya sólo un despojo. Pasa del mito a la leyenda. Quizás fue esto lo que impresionó a T.S.Eliot, lo que le impulsó a iniciar su Tierra Baldía con las últimas palabras de Kurtz: “¡El horror! ¡El horror!”.


0rugonauta, 16 de Junio de 2008

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