agostar
albarabía
algazara
autopsia |
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Es una palabra que los urbanitos no acostumbramos utilizar, ni aunque hablemos de los campos. Puede parecer una palabra cursi, anticuada o incluso sinónimo de “agotar”, vocablo que sí forma parte del léxico habitual y más hoy en día entre la juventud (estoy agotado) el lunes por la noche. No: “agotar” tiene su propio significado y proviene de una etimología diferente.
El origen de “agostar” es muy simple. La primera mención escrita hallada data de 1470 y lo hace refiriéndose a “secarse las plantas por el calor excesivo”. Deriva directamente de “agosto”, mes muy caluroso en el que la siembra se seca y de ahí agostar como verbo exclusivo de la cosecha quemada o seca en el verano. Aunque, evidentemente, en sentido figurado pueda encontrarse aplicado a otros objetos, especialmente en la lírica.
La procedencia del nombre del mes, es más conocida: data de 1192, cuando se le otorgó “agosto” (en latín Augustus) en memoria del emperador Ocatavio Augusto.
Más adelante, el término fue ampliando su significado y acabó utilizándose en aquellas actividades relacionadas con el campo seco o marchito: arar, cavar o pastar, pero siempre en terreno ya seco o marchito por el calor.
Y, ¿qué papel representa en la sociedad de hoy el término “agostar”? Lamentablemente, como tantas palabras, va perdiendo su uso; en este caso no creo que se deba a la reducción de las tierras de labranza, sino al denominador común que estamos sacando entre los grupos de palabras que tienen un significado parecido (que no sinónimo), haciendo desaparecer poco a poco del vocabulario las que no han sido agraciadas con el premio. O sea, que estamos reduciendo a paso ligero la cantidad de palabras que usamos habitualmente. Hoy, si vemos un campo “agostado”, la expresión que se lleva la palma es: “¡Qué seco está el campo!”, y me atrevería a añadir que entre la generación de 15 a 25 años, es probable que la mitad no conozca con precisión el significado de “agostar”. Porque, ¿qué ocurre cuando uno “ha hecho su agosto”?: “alguien aprovecha determinadas circunstancias para enriquecerse”. Así que diríamos que la relación con lo dicho anteriormente queda en suspense y al ser este dicho más escuchado que el verbo propuesto, la conclusión a la que se puede llegar erróneamente es que “agostar” de alguna manera está relacionado con “hacer dinero fácil”.
Sin embargo, en el mes de agosto además de secarse la espiga se recoge el grano, y es de la cantidad cosechada del mismo (cuando esta es abundante) de donde procede el dicho popular. Antiguamente, se aplicaba a los jornaleros contratados para recoger el grano en “agosto”, pero a partir de los años 60 empezó a dirigirse hacia las costas españolas, donde los turistas dejaban en la hostelería -principalmente- su dinero en el mes de agosto y, como consecuencia, el personal del gremio tenía unas ganancias elevadas durante dicho mes. De paso, otro gremio menos popular -los carteristas- aprovechaba a su manera para “hacer también su agosto.”
agostar
(De agosto).
1. tr. Dicho del excesivo calor: Secar o abrasar las plantas. U. t. c. prnl.
2. tr. Consumir, debilitar, o destruir las cualidades físicas o morales de alguien.
3. tr. Arar o cavar la tierra en el mes de agosto para limpiarla de malas hierbas.
4. tr. And. Cavar la tierra para plantar viña.
5. intr. Dicho del ganado: Pastar durante la seca en rastrojeras o en dehesas.
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En esta ocasión, tengo que decir que me he metido en un laberinto. Una sucesión de palabras que me llevaban a otras, acababan siempre en el “no hay salida” y cada vez conseguía enredarme más. Llegó un momento en el que tuve que mirar mi borrador para recordar cuál era la palabra de origen, aquella inicial que me había llevado a este embrollo: Algazara. En este extraño juego que nos traemos mi hijo Pablo y yo (yo lo llamo examinarme, él, “preguntar”), le tocó el turno a “algazara”. Yo no tenía una idea concisa, pero me rondaba Algarabía y esto le contesté. En ese momento decidí subir ambas al PALABRARIO y comencé mis andanzas por los libros y la red.
Como puede verse, la primera entrada en el DRAE nos muestra el significado de algarabía, en su primera acepción, como lengua árabe. De ahí que, si echamos un ojo a “algarabiado”, nos encontremos con que no es un pobre hombre al que la vida le haya hecho la puñeta, sino una persona que habla la lengua árabe (ya ven, quién lo diría). Hasta aquí la cosa marcha (no sé por dónde, pero marcha).
Pero, concretamente, a mí la que me sirve es la que aparece como tercera acepción (en el avance de la vigésima tercera edición) para algarabía, que viene a ser como el vocerío que se forma cuando todos quieren decir algo supuestamente más importante que lo del vecino y al final se convierte en un reto para averiguar quién es el que más grita, y donde nadie se entera de nada (interpretación libre de la autora). ¿De dónde deriva esta idea? Porque mucho, no tiene que ver con la primera. Para despistar un poco más, en el DRAE aparece “algarabío” como natural de arabia, lo cual es más consecuente con lengua árabe. Así que seguimos como estábamos.
Cuando consulto el etimológico de Corominas, encuentro que el origen es el que nos dice la RAE, y hay constancia de esta palabra desde finales del S XIII. Sin embargo, apunta Corominas que en 1540 aparece el significado de algarabía como “lenguaje incomprensible, jerigonza”. Por fin, en 1618, se encuentra la primera constancia escrita del concepto que yo tengo de la palabra y que es uno de los que marca el Diccionario: “griterío confuso” Del árabe arabîya.
Ahora he de retornar a la palabra que me metió en este lío: algazara. En el DRAE, me encuentro con que, efectivamente, tiene el mismo significado, pero solo en esta tercera acepción de algarabía, y que antiguamente se utilizaba “algara”. Bien, pues nos vamos a “algara” (ya dije al inicio que esto era un laberinto) y una vez ahí, nos topamos con el sinónimo: “algarada”. Y junto a ellos, cómo no, el “algarero”: el voceador, parlero (o sea, que no es el que recoge algas); pero también, hombre a caballo que formaba parte de una algara (tropa). He de decir que el origen etimológico de estos últimos vocablos, no coincide con el de algarabía.
Soy consciente del lío que estoy armando, pero enseguida llegamos al punto cumbre: el de desenmarañar todo esto.
Tal y como yo lo entiendo, después de dar vueltas a la Historia y al significado de las palabras, el proceso es el siguiente:
Inicialmente tenemos algara:
Lo entenderemos como las tropas a caballo encargadas de correr a saquear al enemigo, cuya etimología procede del árabe gâra.
Seguidamente, algarada:
Deriva de la anterior y aparece escrita en el S XIII. La etimología coincide, por cierto, con la de “almogávar” (¡otro lío no, por favor!). Aunque sea la sucesora de algara, incluye ya un nuevo concepto entre sus significados: “Tumulto causado por algún tropel de gente.” Y esto se va a cercando adonde queremos llegar.
La culpable, algazara:
Se nos presenta como sucesora de algara en la última de sus acepciones, si bien la etimología es diferente. Aparece a principios del S XV, y procede del árabe gazâra. su significado es “locuacidad, murmullo, ruido”, a su vez derivado de gázzar, “abundar”, “hablar mucho”.
Parece que estas tres palabras ya las tenemos más o menos hiladas. Para afinar un poco más, el diccionario Panhispánico de dudas nos explica la diferencia que existe en el uso entre algarada y algazara. Mientras la primera se refiere a un tumulto producido normalmente por protesta pública o política, la palabra algazara hace referencia a un griterío de carácter alegre o festivo.
Y, ¿qué decimos de algarabía?
Como vemos, hemos obtenido el significado que buscábamos y que coincide con el que se utiliza para algarabía. Ahora bien, esto no dice nada sobre la manera en que se ha producido el cambio semántico.
Para aclararlo, vamos a hacer uso ahora de dos hechos:
En primer lugar, la acepción que encabeza el significado de algarabía (ya en desuso) en el DRAE: Lengua árabe. Y aquella de la que estamos haciendo uso hasta ahora: el griterío, etc.
Y en segundo lugar, nos aferraremos, muy brevemente, a la realidad histórica: el modo de hablar y comportarse de los moros difería del de los cristianos por manifestarse como un continuo vocerío; los cristianos viejos llegaban a decir incluso que gritaban como animales. He de aclarar que los cambios semánticos tuvieron lugar seguramente durante la Reconquista.
Si unimos estos dos puntos que he mencionado, resumiendo enormemente los pasos históricos, puede llegarse a la conclusión de que la lengua árabe llegó a identificarse con vocerío, gritos, confusión, etc. En esta identificación, y utilizando el vocablo de entonces para referirnos a la lengua árabe, los campesinos que padecían los gritos de la mañana cuando iban a trabajar las tierras, unieron un concepto con otro, y algarabía llegó a ser sinónimo de esa forma de hablar atropellada, ruidosa y de gran griterío.
Y así es cómo, dos palabras de origen etimológico diferente, algarabía y algazara, confluyen hoy día en el diccionario como sinónimos.
algarabía
(Del ár. hisp. al‘arabíyya, y este del ár. clás. ‘arabiyyah).
1. f. Lengua árabe.
2. f. coloq. Lengua o escritura ininteligible.
3. f. coloq. Gritería confusa de varias personas que hablan a un tiempo.
4. f. coloq. p. us. Manera de hablar atropelladamente y pronunciando mal las palabras.
algazara
(Del ár. hisp. algazara, locuacidad, y este del ár. clás. gazarah, abundancia).
1. f. Ruido de muchas voces juntas, que por lo común nace de alegría.
2. f. Ruido, gritería, aunque sea de una sola persona.
3. f. Vocería de los moros y de otras tropas, al sorprender o acometer al enemigo.
4. f. ant. algara (tropa de a caballo).
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De entre el común de las palabras, es la etimología de este término griego una de las más notables. Si no me creen, veánlo con sus propios ojos.
autopsia
(Del gr. acción de ver por los propios ojos)
1. f. Med. Examen anatómico de un cadáver.
2. f. Examen analítico minucioso.
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B
bofe
bruto |
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A veces echo de menos darme una vuelta por el mercado; por horarios y otras circunstancias hace casi dos años que no voy, y me gustaba hacerlo. Tranquilamente, sin prisas por hacer la comida ni ir a trabajar, claro. Como el que se pasa horas en una ferretería o en un bricolaje.
Pensando en ello, me vino a la cabeza la casquería, de la cual siempre he sido amante fiel. Pensé en decir a mis hijos que buscaran un momento en sus apretados horarios para llevarme o bien traer diversos géneros de allí, pues tengo que decir que no hay comparación con lo que traen de los hipermercados. Entonces pensé en la posibilidad de que no supieran qué demonios es el bofe, aparte de aquello que oían decir a su abuela que “estaba echando” -no hace tantos años- cuando jugaba un rato al tenis. Repasé otros elementos que normalmente no entran en casa y desistí. Pero decidí quedarme con esta palabra para buscar su origen y sus curiosos derivados.
El bofe que he utilizado y conocido toda mi vida es el pulmón de animales como el cerdo, el cordero y otras reses. Recuerdo que al pedir el bofe en la casquería o carnicería te daban, todo de una pieza, sonrosado de un tono vivo y cogido por la tráquea, una gran parte de la anatomía interna del cordero o del cerdo: tráquea, corazón y pulmones, bien esponjados ellos. Más concretamente, he de reconocer que el conjunto recibía (y recibe) el nombre de asadura. Entiendo que algunas personas no fueran capaces de comerlo, pero para mí era la gloria. También recuerdo cómo con cierta sorna (por qué ocultarlo), manejaba yo la asadura completa en la clase de disección de Ciencias y soplaba por la tráquea para ver el funcionamiento de aparato respiratorio, mientras algunas compañeras, no solo hacían ascos ante aquel conjunto sonrosado y esponjoso, sino que incluso llegaban a abandonar el aula por imperiosa necesidad.
Tenía yo la concepción errónea de que todo aquel aparato constituía el bofe. Pero descubro ahora que únicamente el pulmón recibe ese nombre.
Así pues, bofe significa pulmón y de ello hay constancia escrita desde 1495; según los estudiosos, derivó de bofar, que era originariamente soplar, como palabra onomatopéyica.
Posteriormente, aparece un nuevo significado de bofar: echar por la boca exclamaciones violentas (sapos y culebras, vaya). Sin embargo, esto es una variante de bufar, que ya en 1438 se refería a los animales en su definición: resoplar. En catalán se conserva el verbo bufar hoy en día con el significado de soplar. Y en algunas zonas de España, como en Murcia, también se ha conservado esta acepción.
Pensemos también en el vidrio bufado: se sopla el vidrio para trabajar sus formas y dibujos.
Hay otro vocablo derivado que está prácticamente en desuso, y es la palabra abuhado, que no es alelado ni una persona que se fije mucho, como el búho; nada que ver. Su origen es bufado y su significado hinchado.
A mí me llaman la atención otras dos palabras relacionadas con bofe, quizá por ser más cercanas o ser más utilizadas. Eso por un lado, y por otro porque no se me había ocurrido anteriormente relacionarlas.
En primer lugar, bufido, que aparece desde el siglo XV. Tanto con el significado propio de la voz del animal que bufa (sopla) como el referido por extensión a la persona que emite un exabrupto o un resoplido. Siempre teniendo presente que el origen es la procedencia física del aire y su forma de ser emitida por la boca.
Y, por último, la que más me ha sorprendido: bofetada. Ya sé que tienen la misma raíz y que se me podía haber ocurrido relacionarla con bofe. Pues nada más lejos de mi capacidad deductiva. Aparece en el S XV como derivada de la palabra bofete (hoy desaparecida), utilizada esta desde 1500 y cuyo origen era bofar, soplar, onomatopéyico. En catalán conservan la "u" de origen en bufetada, bufa.
Podemos decir que un bofetón tiene poco que ver con soplar, como no sea que uno, tras recibirlo, sea lo que haga para no llevarse el segundo por soltar un exabrupto o bufido. Pero en realidad, su origen es del lugar que recibe el golpe con la palma abierta: el moflete, voz expresiva que indica un carrillo grueso, carnoso, que no es otra cosa que el carrillo hinchado. De ahí que al dar un golpe en tal sitio con aire, se produjera un bufido, siendo la expulsión de aire el efecto producido por lo que pasó a llamarse bofetada o bofetón.
Hay, sin embargo, otra teoría que apunta hacia el inglés, “buffet”, puñetazo, como origen de la palabra bofetón.
bofe
(Voz onomat.)
1. m. Pulmón de las reses que se destina a consumo. U. m. en pl.
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“Os vais a embrutecer” ¡Cuántas veces habré oído esa frase...! Claro que, en alguna de esas ocasiones y hace ya algunos años, el origen pasó a ser mi propia voz. Por suerte, no tuve que utilizarla demasiado.
Recuerdo que las primeras veces pensaba que hacía referencia a un cambio físico consistente en adquirir más fuerza, más vigor. Esta asociación tenía su lógica puesto que siempre que nos lo decían estábamos haciendo “el animal”, por lo tanto, en sentido figurado, costumbre bien arraigada en los juegos al aire libre sin más juguetes que los inventados sobre la marcha, improvisando con aquello que veíamos por ahí tirado e imaginábamos inmediatamente que era “nuestro...”; lo que fuera, pero justo lo que necesitábamos. Lo que se me hace raro ahora al recordar aquello es cómo era posible que a todos nos sugiriera, un objeto informe, el mismo elemento que, curiosamente, en ese instante suponía nuestra salvación. Y más extraño aún que a los contrincantes -enemigos, sin eufemismos-, les pareciera también el mismo utensilio. Cosas de la imaginación infantil.
Pero a lo que iba. Esa forma de juego, un tanto animal, yo la asociaba con “embrutecer”, de ahí que bruto y “animal” fueran palabras parejas. Al poco tiempo -y no tengo presente el motivo-, mi asociación fue más allá y cobró forma humana: “embrutecerse” pasó a significar ser una persona grandullona, con fuerza física pero bobalicona. Lo cual al parecer se asemejaba más a lo que pretendían transmitirme, que normalmente aparecía ya precedido (o seguido) de otra frase famosa: “Coge un libro y ponte a leer”.
Como los años pasan y uno deja que ciertos juegos se alejen con ellos, aquella firme aseveración quedó separada de los esparcimientos lúdicos ligeramente salvajes. Ya en la adolescencia, por tanto, por fuerza cobró su verdadero significado cuando, en plena y pertinaz dedicación a atravesar con la mirada un punto de la pared (tarea que podía durar horas), continué oyendo la frase mágica: “Te vas a embrutecer”; siempre seguido de su coletilla, claro: “deja de perder el tiempo y lee algo”. Ya con esto quedó definitivamente establecida la relación entre las palabras lectura y embrutecimiento, siendo la primera, sin lugar a dudas, el antídoto de la segunda.
Hoy, confirmado ya en el diccionario del señor Corominas, puedo decir que en latín, de donde procede etimológicamente la palabra bruto, el significado de “brutus”, según aparece escrito ya en 1440, no es otro que estúpido.
Pues bien: después de tantas vueltas como sufrió aquella expresión en mi cabeza, no tardé en oír el primitivo significado que yo le había otorgado. “¡Qué bruto!” Adjetivo adjudicado a cualquiera capaz de romper una torre de ladrillos con la cabeza tras una breve concentración, personas algunas conocidas por mí y, puedo asegurar que grandes lectoras.
Como consecuencia, acepté el término en sus múltiples acepciones (pues aún había más) cuando, viendo que por la forma natural de aprender la lengua materna no hacía sino liarme, consulté el Diccionario y puse fin a mis dudas.
bruto
(Del lat. brutus).
1. adj. Necio, incapaz. U. t. c. s.
2. adj. Vicioso, torpe, o excesivamente desarreglado en sus costumbres.
3. adj. Violento, rudo, carente de miramiento y civilidad.
4. adj. Dicho de una cosa: Tosca y sin pulimento.
5. adj. Dicho de una cantidad de dinero: Que no ha experimentado retención o descuento alguno. U. t. c. s. m. U. en contraposición a neto.
6. adj. Dicho de un producto: En su estado natural. Petróleo bruto
7. adj. coloq. Arg., Col., Guat. y Nic. Dicho de una cosa: Que impresiona por su cantidad o calidad. Una bruta cantidad de dinero Un bruto trabajo
8. m. Animal irracional, especialmente cuadrúpedo.
9. m. Petróleo bruto.
10. f. El Salv. pistola (arma de fuego de corto alcance). L[C]A[C] bruta
11. f. coloq. Hond. guerra (lucha armada). L[C]A[C] bruta
12. f. coloq. Hond. cerveza.
13. f. coloq. eufem. Hond. pene.
14. f. coloq. Hond. muerte (cesación de la vida). LA bruta
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carajo
católico
chasco
conciabulo
cura
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No sé cuándo leí por primera vez algo referente al posible origen náutico de esta palabreja, pero antes de eso me resultaba de lo más académica la opinión de un conocido mío con rocambolescos afanes terminológicos. El tipo me había comentado que el término se utilizaba en la edad media para denominar una moneda de bajo valor. No sé de dónde sacó semejante teoría, yo he sido incapaz de encontrar nada al respecto.
Encontramos nuestro palabro en las tres lenguas románicas de la Península Ibérica (catalán: carall, gallego-portugués: carallo), aunque no existe en ninguna otra lengua romance. Su origen parece relacionado con la raíz del latín vulgar hispánico caraclu, sin embargo, este vocablo no se halla documentado y se ignora su propio origen. Tal vez procediera del mismo latín o se remonte a alguna lengua prerromana.
En su Diccionari etimològic de la llengua catalana, Joan Coromines nos presenta algunas de las teorías que explicarían su origen antes de ofrecernos la posible relación con el étimo prerromano kar (roca) que ha dejado numerosos restos toponímicos en Cataluña. Basándonos en la existencia en territorio catalán de rocas de forma fálica denominadas popularmente carall, el término que designaba en la antigüedad un cierto tipo de roca habría pasado a designar, por metáfora, el órgano humano. Igualmente añadir que la interjección caray! que sustituye de forma eufemística a carajo! tendría su origen en el catalán carall o carai.
Sin embargo, sigue atrayéndome más la idea de un origen náutico. Parece que se designaba carajo (o tal vez un término similar) al mástil principal de un barco de vela, donde va situado el puesto del vigía. Según esto, se castigaba a los marineros facinerosos sirviendo de vigía en lo alto del palo mayor. El motivo era claro: al ser el punto más elevado del barco era donde más se sentía el vaivén de las olas y los mareos, vómitos y males del mar causaban estrago. De ahí que enviar a alguien al carajo suponía para el agraviado una penosa sanción.
carajo
(De or. inc.)
1. m. malson. Miembro viril.
2. m. despect. malson. Col., C. Rica, Hond. y Ven. U. para suplir el nombre de un hombre que no se quiere mencionar para desvalorizarlo.
al ~.
1. expr. coloq. Denota enfado o rechazo. Al carajo el informe.
carajo.
1. interj. U. para expresar disgusto, rechazo, sorpresa, asombro, etc.
del ~.
1. loc. adj. coloq. Muy grande o intenso. Un susto, un frío del carajo.
importar algo un ~ a alguien.
1. fr. coloq. No importarle nada.
irse algo al ~.
1. fr. coloq. Echarse a perder, tener mal fin.
mandar a alguien al ~.
1. fr. coloq. Rechazarlo con insolencia y desdén.
qué ~.
1. expr. coloq. Denota negación, decisión, contrariedad, etc.
un ~.
1. loc. adv. coloq. nada (ninguna cosa). No entiendes un carajo.
2. expr. coloq. U. para negar o rechazar.
3. expr. coloq. U. para ponderar. Cuesta un carajo.
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Parece que la Iglesia toma como referencia el pasaje de Mateo (28:18-20) , según el cual Jesús establece el carácter universal de su mensaje: Entonces Jesús se acercó a ellos, y les dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos en todas las naciones, bautizándolos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todo lo que os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
El adjetivo “católica” referente a la Iglesia, aparece en la literatura Cristiana con San Ignacio de Antioquía, discípulo del apóstol Juán y Pablo (Saulo de Tarso), quien da en el año 110 el testimonio más antiguo de este nombre: “Donde esté el obispo, esté la muchedumbre, así como donde esté Jesucristo esté la Iglesia Católica” (Carta a los Esmirniotas 8:2).
Los estudiosos discuten si “católico” en este contexto significa “universal” o “verdadera/auténtica.” La mayoría de los estudiosos favorecen el primer significado, razonando que así como el Obispo preside la Iglesia local, así mismo Cristo preside la Iglesia universal.
Y, ya que hablamos de Santos…
- San Policarpo, martirizado unos 50 años después de San Ignacio, utiliza la palabra en ambos sentidos: tres veces significando iglesia universal y una vez con el sentido de auténtica. Describe a San Policarpo como “Obispo de la Iglesia Católica de Esmirna.”
- San Pacián de Barcelona dijo: “Cristiano es mi nombre, y católico mi apellido. El primero me denomina, mientras que el otro me instituye específicamente. De esta manera he sido identificado y registrado… Cuando somos llamados católicos, es por esta forma, que nuestro pueblo se mantiene alejado de cualquier nombre herético” (Carta a Sympronian).
- San Cirilo de Jerusalén, nos dice: “La Iglesia es católica porque está esparcida por todo el mundo; enseña en plenitud toda la doctrina que los hombres deben conocer; trae a todos los hombres a la obediencia religiosa; es la cura universal para el pecado y posee todas las virtudes” (Catechesis 18:23).
- San Agustín utiliza en sus escritos el nombre de “católica” 240 veces entre los años 388 y 420 dc.
- Santo Tomás de Aquino desarrolla los diversos elementos de la teología de la catolicidad. La Iglesia es universal en tres sentidos:
1. Se encuentra en todos los lugares (Cf. Rom 1,8), teniendo tres partes: en la tierra, en el cielo y en el purgatorio.
2. Incluye personas de todos los estados de vida. (Cf. Gal 3,28)
3. No tiene límite de tiempo desde Abel hasta la consumación de los siglos.
Durante las persecuciones, desde los primeros siglos, cuando preguntaban a los cristianos a qué iglesia pertenecían decían “a la católica”. La Iglesia desde sus comienzos se ha llamado “cristiana” y “católica” indistintamente. Los dos significados que prevalecen en el período de los Padres de la Iglesia son los de universalidad y ortodoxia. Los dos significados de la palabra católico coexistieron por mil años, pero con el cisma del Este-Occidente la Iglesia Latina se continuó llamando “Católica” mientras que la iglesia del Este adoptó el nombre de “Ortodoxa”. En el período medieval parece que emergen las bases para una más profunda teología sobre la catolicidad, ayudado este hecho por la expresión dominante de Iglesia como la “reunión de los fieles” (congregatio fidelium), la cual está abierta a la noción de universal.
La Iglesia católica reconoce que también son “cristianos” los bautizados de otras iglesias no católicas que profesan su fe en Jesucristo, Dios y hombre. Pero, aunque otras iglesias contengan elementos de la verdad, solo la Iglesia Católica conserva y enseña sin corrupción toda la doctrina Apostólica y posee la plenitud de los medios de salvación.
católico
(Del lat. catholicus, y este del gr. universal)
1. universal (que comprende o es común a todos). Afirmando esta pretensión se calificó así a la Iglesia romana.
2. adj. Verdadero, cierto, infalible, de fe divina.
3. adj. Que profesa la religión católica. Apl. a pers., u. t. c. s.
4. adj. Renombre que se ha dado a los reyes de España desde Fernando V e Isabel I.
5. adj.coloq. Sano y perfecto. Hoy no está muy católico.
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Cuando hablé de la palabra “fiasco”, me vino a la cabeza “chasco”; porque en cierto sentido las definiciones se aproximan y porque, si uno se fija, verá que no es tan difícil que de fiasco se evolucione con el tiempo, mal oído y deficiente pronunciación a chasco. Claro que, según esta teoría, también podía haber acabado en “quiasco” (de qué asco), expresión que se puede aplicar perfectamente a una obra de teatro garrafal.
Volviendo a la palabra que nos ocupa, lamento tener que decir que me he llevado otro chasco, pues su origen es totalmente ajeno al de fiasco. Si bien ambas sufrieron un cambio de significado en momento dado de su vida.
Según J. Corominas, en 1604, el significado de chasco era chasquido, estallido.
Y era una voz onomatopéyica que yo supongo se tomaría de ¡chas!, el ruido que hacen algunos objetos al romperse. Cuidado: esto no implica en absoluto que aquellos que al romperse hagan ¡chus! sean el origen de la palabra “chusco”.
Sin embargo, en 1627, el significado de chasco ya aparece como burla:
1-burla o engaño que se hace a alguno
2-decepción que causa un suceso contrario
Como se ve, es prácticamente la definición que aparece actualmente en el DRAE. Así que, mi gozo en un pozo. Aunque no deja a mí de rondarme que algún familiar -tal vez ilustre- han tenido ambas palabras en común, pero para que nadie se llevara un chasco, se mantuvo el secreto oculto y a buen recaudo, no fuera a ser que al desvelarlo apareciera entre los más castos linajes, algún “fiasco”.
¡Ah! Ya sabía yo que algún parentesco tenía que haber: ¡son sinónimos!
Para los incrédulos, ya saben: al Diccionario de Sinónimos y Antónimos, por ejemplo, Larousse.
chasco
(Voz onomat.)
1. m. Burla o engaño que se hace a alguien.
2. m. Decepción que causa a veces un suceso contrario a lo que se esperaba. Buen chasco se ha llevado Mariano.
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Lo que desde luego no me esperaba era entrar en la RAE y toparme con esto:
La palabra conciábulo no está en el Diccionario.
Eso, y que San Google me ofrezca escasamente 486 resultados.
Así pues, parece que no existe oficialmente un término que tanto yo como ustedes no sólo conocemos y podríamos definir fácilmente como sinónimo de “reunión”, sino que además venimos usando pedantemente desde la infancia… curiosa paradoja donde las haya, pardiez!
NOTA: Para los que aún no lo hayáis pillado, la forma correcta es
CONCILIÁBULO
(Del lat. conciliabulum)
1. m. Concilio no convocado por autoridad legítima.
2. m. Junta o reunión para tratar de algo que se quiere mantener oculto.
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Jamás imaginé que ocurriría, pero ha ocurrido. El Momento, ese Momento Fatal al que todos tememos, ese que nos obliga a malgastar horas y más horas en evitarlo, el Momento Definitivo, ha llegado. SuperCatón me perdone.
He aquí que en este Momento reniego de todos mis ancestros y de la gran enciclopedia que me parió. Pero no queda otra. He de agachar el cuello estirado, la naríz respingona y claudicar. ¡Me doblego ante tu sublime ironía, oh, Destino! Lo Fatal no puede ser evitado. No hay vuelta atrás. Peluche ha de ser citado en este palabrario. Aquí. Ahora. El gran Peluche ha resultado ineludible favorito en todas mis búsquedas hacia la “cura”. ¡Oh, Google infame! Así pues, me resigno. Acepto a regañadientes que más allá de la RAE están los dominios impretérritos del Todopoderoso Peluche.
He aquí que en este Momento me repatea in extremis ofrecerles la definición que da el Gran Oráculo de las Historias Extra-Ordinarias para nuestro palabro de la semana. Pero ahí va. He aquí lo Inevitable, lo Grandioso: PELUCHE!!
cura
(Del lat. cura, cuidado, solicitud)
En español la palabra «curas» para llamar a los sacerdotes surge alrededor del año 1330.
Viene del término latino «cura», que significaba «cuidado y solicitud».
Como los sacerdotes eran los que se entregaban «al cuidado de los otros», se les comenzó a llamar «curas».
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F
fiasco |
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Para fiasco el mío; después de dar vueltas y revueltas a diversos diccionarios, no he podido aclarar mi duda: cómo o por qué se empezó a utilizar fiasco (en italiano) para referirse a una obra de teatro fallida o fracasada y, posteriormente por extensión, en otras actividades.
Si bien, etimológicamente, en castellano e italiano el origen de la palabra es el mismo, el significado es el que ha variado. Así pues, comparando el ADN encontramos que su ancestro común germánico es Flankô; hasta aquí no hay problema y todos son una familia avenida. Lo confuso empieza cuando hallamos el significado de Flankô y su evolución en ambos idiomas:
flaskô: funda de mimbres para una botella, botella;
En castellano: Dará lugar a “frasco” de lo cual hay constancia desde 1570 (Dic. Etim. de Joan Corominas, 3ª edición) y este a “fiasco” en su primer significado.
Italiano: Hay constancia desde el siglo XIV de “fiasco” como botella; anteriormente tenía también un revestimiento de paja.
Hemos llegado a un punto común. Pero en algún momento, en Italia “fiasco” se emplea como fracaso y otros idiomas adoptan esta palabra (inglés, francés y castellano) en este sentido. En castellano hay constancia desde 1884.
Y, mi pregunta es: ¿cómo hemos pasado de una funda de mimbre para botella a un fracaso en escena?
Parece que al final no me iré a la cama sin haberlo descubierto. La teoría más fiable procede del origen de los fiascos (botellas) italianos: los fabricantes de vidrio venecianos utilizaban trozos rotos o los objetos que salían mal en hacer frascos o fiascos. Por tanto, el fiasco se hacía como consecuencia de un fracaso. Inicialmente utilizaban el verbo hacer, pero después desapareció para quedarse, al igual que en inglés, francés y castellano, únicamente en “fiasco”.
Espero que la investigación haya dado alguna luz y, sobre todo, que la teoría final, de la que no he encontrado documentación fiable, no resulte un fiasco.
Me viene ahora a la memoria... ¿y si me llevo un chasco, tendrá alguna relación?
Tarea para otro día.
fiasco
(Del it. fiasco)
1. m. Fracaso, decepción. Sus amores terminaron en completo fiasco .
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memo |
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No voy a negar que es este uno de mis palabros favoritos. Y menos aún que nos encontramos ante uno de los fonemas en lengua española que más me complace pronunciar. Ese jugueteo entre los labios, ese plegarse dulcemente el uno sobre el otro para despegarse luego y dejar escapar esa mmmmmm que se genera en la garganta y asciende alegremente hasta la cavidad bucal, llenándola de temblores, antes de explosionar más allá de los dientes.
Pronuncien conmigo: mmmmmmmeee - mmmmmmmooo.
¿No es delicioso? ¡Qué descarga de vibraciones entre los labios!
Ahora bien, palabra denostada donde las haya, este amable insulto debe precisamente su existencia a la sonoridad que le es tan característica. Nos recuerda la RAE que esta palabra tiene su origen precisamente en el intento de los “complejos” de imitar el tartamudeo que suele caracterizar a los menos afortunados, con el fin de hacer mofa de ellos. Una vez más, una muestra del buen talante y objetividad que caracteriza nuestra lengua.
Que ustedes lo disfruten.
Yo, por mi parte, no dejaré de hacerlo.
memo, ma
(Voz que imita el tartamudeo)
1. adj. Tonto, simple, mentecato. U. t. c. s.
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nariz
nenúfar |
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Mi amiga Isa Ali, excelente escritora de cuentos y relatos, tiene un vocabulario riquísimo y preciso (malos tiempos para mecenas). Cuando la conocí, gracias a la red, me quedé estupefacta; tanto que en aquel momento decidí no volver a escribir. Después, para bien o para mal, rectifiqué mi decisión. Leyendo encandilada sus relatos, me llamó la atención especialmente un vocablo. Digo especialmente porque ella es argentina y, lógicamente, en su amplísimo vocabulario hay palabras que yo tengo que consultar en el diccionario. Me refiero a “narices”.
Muy experta yo en la materia, tuve la desvergüenza de decirle que era mejor que usara la palabra en singular: “Nariz”. Argumenté que en plural tenía un significado vulgar y harto ordinario. Como en aquella ocasión me había pedido que lo revisara para un certamen, confió en mí. Ahora he tenido la oportunidad (porque trato de buscar editor que publique en Argentina) de leer su obra y aparece, cuando lo cita, el vocablo siempre en plural. A mí se me llevan los diablos. Pero ¡ay!: como aquello debía de tener alguna razón, me molesté en buscar la causa de su empeño y, claro, mi amiga argentina, con toda razón, utilizaba “narices” al referirse al apéndice que tanto desprestigio tiene aquí en España. (Recordemos, por ejemplo, el poema que Quevedo dedicó a Góngora: “A un hombre de una gran nariz”).
Veamos la acepción séptima del DRAE: “cada uno de los dos orificios que hay en la base de la nariz.” Es natural que, según esto, se considere que las personas tenemos dos narices y, por lo tanto, el término utilizado en plural sea correcto.
Según Corominas, hay constancia de la utilización de este concepto desde el año 1171. Actualmente, en España mantenemos el desprecio hacia el órgano y no nos privamos de dejarlo claro en algunas ocasiones con estos y otros exquisitos ejemplos de su uso en plural:
“No me toques las narices”
“¡Y unas narices!”
“No me sale de las narices”, etc.
Ah... ¡qué recuerdos!
En fin, no nos perdamos en la juventud divina (aquella que ya se fue) y volvamos a la palabra que nos ocupa.
Lo que a mí no me queda claro es si el apéndice en sí puede utilizarse en plural. Supongo que se mezclaron ambos conceptos y en algunas zonas, como en Argentina, por extensión de las ventanas (cada orificio o nariz), acabó tomando el plural todo el órgano. Pero, en la segunda parte de la primera definición del DRAE (esa que a veces pasamos por alto), queda todo perfectamente aclarado, se acaba toda discusión y sin más, en cuanto termine este texto, envío mis excusas al otro lado del océano:
U. t. en pl. con el mismo significado que en sing.
Como creo que no voy a superar ni con cinco años de estudios la capacidad de decir memeces del amigo que ha hecho la definición de “nariz” en wikipedia (con la que acabo de toparme de narices), me rindo en este mismísimo instante y les dejo aquí la entrada para que pasen y vean. No se me asusten, por favor (http://inciclopedia.wikia.com/wiki/Nariz).
nariz
(Del lat. nares, con el suf. -ic, tomado en español y otros romances).
1. f. Facción saliente del rostro humano, entre la frente y la boca, con dos orificios, que comunica con el aparato respiratorio. U. t. en pl. con el mismo significado que en sing.
2. f. Parte de la cabeza de muchos animales vertebrados, poco o nada saliente por lo común, que tiene la misma situación y función que la nariz del hombre.
3. f. Sentido del olfato.
4. f. Hierro en forma de nariz, donde encaja el picaporte o pestillo de las puertas o ventanas.
5. f. Extremidad aguda o en punta, que se forma en algunas obras para cortar el aire o el agua, como en las embarcaciones, en los estribos de los puentes y en otras fábricas.
6. f. Cañón del alambique, de la retorta y de otros aparatos.
7. f. p. us. Cada uno de los dos orificios que hay en la base de la nariz.
8. f. p. us. Olor fragante y delicado que exhalan los vinos generosos. Este vino tiene buena nariz.
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Cuentan que, cierto día, paseaba el querido Bécquer por los jardines de la Alhambra, charlando con un lugareño, cuando se paró maravillado ante uno de sus primorosos estanques y preguntó: “Dime, amigo, ¿qué magnífica flor es esa que flota sobre las aguas?”, a lo que su acompañante, sorprendido, respondió: “Es un nenúfar, maestro, la flor de la que tanto habláis en vuestros poemas”.
¿No es acaso extraordinario que Bécquer, sin haber visto jamás un nenúfar, pudiese describirlo más exquisitamente que los propios árabes, inventores del término? Esa es la magia de las palabras: que brotan de las aguas de nuestra alma, aunque no las plantemos.
¿Sería eso a lo que se refería Platón con su concepto de las ideas: a la intuición del hombre ante las cosas, antes de que surgiese Dios, antes de que fuesen nombradas?
nenúfar
(Del ár. naylufar, este del pelvi nilopal, y este del sánscr. nilautpala, loto azul).
1. m. Planta acuática de la familia de las Ninfeáceas, con rizoma largo, nudoso y feculento, hojas enteras, casi redondas, de pecíolo central y tan largo que, saliendo del rizoma, llega a la superficie del agua, donde flota la hoja; flores blancas, terminales y solitarias, y fruto globoso, capsular, con muchas semillas pequeñas, elipsoidales y negruzcas.
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oscultar |
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Muchos de ustedes llevan lustros utilizando este hermoso término para nombrar la acción que realiza Mr. Doc cuando les desabotona impúdicamente la camisa y aplica a su cálida piel un frío metal amplificador de resonancias internas. ¡Ay!, mis inocentes ignorantes, han caído ustedes -¡¡también ustedes!!- en una auditiva trampa mortal. Por más que se desgasten los dedos tecleando en la aplicación web del DRAE tan bella palabra, por más bes, pes, aes y aches que le coloquen imaginativamente a modo de prefijo, sufijo o medijo, no darán con la clave. He aquí que la cerrada “o” ha usurpado el fonema a las verdaderas protagonistas. Pronuncien despacio y se darán cuenta de la trampa…
auscultar
(Del lat. auscultare)
1. tr. Med. Aplicar el oído a la pared torácica o abdominal, con instrumentos adecuados o sin ellos, a fin de explorar los sonidos o ruidos normales o patológicos producidos en los órganos que las cavidades del pecho o vientre contienen.
2. tr. Sondear el pensamiento de otras personas, el estado de un negocio, la disposición ajena ante un asunto, etc.
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palimpsesto |
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He aquí que venimos a rescatar, en su mismísimo lecho de muerte (o enmienda), a una magnífica palabra (atrévanse a pronunciarla los más valientes) a punto de perder nada menos que la mitad de sus acepciones (osea, una). ¿Quién no ha añorado alguna vez la renovación de nuestros diccionarios? Para todos ellos, el agradecimiento de palimpsesto, víctima irredenta del afán modernizador y del progreso… por no decir: de la incultura y el desuso lingüístico.
Sin más preámbulos, les dejo con el deshonroso espectáculo de esta decapitación.
Por cierto, ¿alguno de ustedes sospecha qué nuevo término propone la RAE para denominar, a partir de su vigésima tercera edición, a lo que hasta la fecha venimos llamando palimpsesto? Avisen a sus museos favoritos, se avecina la tan temida reforma de los cartelitos informativos… ¡prepárense!
palimpsesto
(Del lat. palimpsestus, y este del griego).
1. m. Manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente.
2. m. Tablilla antigua en que se podía borrar lo escrito para volver a escribir.
Artículo enmendado.
Avance de la vigésima tercera edición
palimpsesto
(Del lat. palimpsestus, y este del griego).
1. m. Manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente.
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trampantojo |
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La primera vez que me soltaron el palabro, pensé que el tipo era un memo (¡Ah de la humildad! Nadie responde). Estábamos contemplando embelesados la fachada de un viejo edificio bien recargada de volutas, columnatas y ventanales… fascinantemente inexistentes. Todo era un artificio, señores, un juego de ingeniosas y coloristas perspectivas.
-¿Cómo dice usted: “trampa-antojo”?
-No, querido amigo: “trampa ante el ojo”.
Y ahí quedó la cosa, un ejemplo más de samprasarana decimonónica, por más que la idea de conjugar trampas con antojos fuese más del agrado de este su, cada día más, humilde servidor.
trampantojo
(De trampa ante ojo)
1. m. coloq. Trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es.
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